miércoles, 24 de noviembre de 2010

El año de mi muerte

Vosotros, los que leéis, aún estáis entre los vivos: pero yo, la que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Una región oscura, desconocida y solitaria. A la que todo el mundo llega al final de su vida. Ahora, llega la hora de contar las causas de mi muerte. No es que tenga dichas causas muy claras, dado que ahora me cuesta mucho recordar lo pasado en aquella noche y todos los recuerdos están borrosos. Pero, para contar la historia de aquella noche, tengo que comenzar desde el principio:
    Corría el año 1937. Eran años de guerra, pobreza, desesperación y muerte. No eran tiempos para vivir una juventud que se quisiera recordar. Yo tenía dieciocho años. Para mí habían sido también unos años de terror, sucesos inexplicables y cosas que ni siquiera podría expresar con palabras.
    Prácticamente todo mi familia había muerto en un bombardeo, la única que me quedaba era mi tía Georgette con la que vivía en una vieja casa a las afueras de Barcelona. Era una casa de época, de suelos en su totalidad de mármol, techos tan altos como el cielo, pinturas exquisitas, lámparas de araña con
millones de cristales que hipnotizaban solamente con mirarlos y tenía decenas de habitaciones, pero en la única en la que me sentía verdaderamente segura era una habitación de tamaño medio en la que había un cuadro de toda mi familia, encima de una majestuosa chimenea con detalles de oro y un piano de cola en el  que me pasaba las horas tocando, solo porque me recordaba a mi padre con el que había aprendido a tocar y había compartido muchos momentos felices junto a ese piano, así es como me sentía en paz. La casa, que  ahora estaba en la parte baja de su existencia, antes había sido una de las casas predilectas para fiestas y reuniones con amigos. Mi familia había sido una de las familias más importantes, ricas e influyentes de Barcelona, pero en estos años había decaído notablemente.
    Para mí, Eileen, la hija pequeña de la familia Font, este año había sido muy duro, había perdido a mi familia, amigos y todavía me estaba acostumbrando a la vida en aquella casa en compañía de mi tía. Cada noche que pasaba en esa casa era más aterradora, los suelos parecía crujir con pasos, las paredes parecían deformarse y cada noche tenía una pesadilla a cada cual peor. ¡Dios, cómo temía a esas pesadillas! Me despertaba empapada en sudor helado e intentaba volverme a dormir pero las imágenes regresaban a mi cabeza, siempre esa temida oscuridad y esa mano tenebrosa que intentaba alcanzarme y arrastrarme con ella a las profundidades.
    Por las mañanas todo era silencio. Mi tía se encerraba en una de las muchas habitaciones y se olvidaba de mí hasta la noche. Por mi parte, yo solo intentaba distraerme con cualquier cosa, escribía, leía, pintaba, tocaba el piano y en ocasiones salía a pasear por los jardines de la casa. Los jardines eran majestuosos llenos de flores coloridas, grandes árboles y plantas. En su centro había un gran sauce acompañado por una gran fuente que a su vez repartían y distribuían varios caminos de piedrecitas que se dirigían a lugares como un pequeño lago, un laberinto, un invernadero y varias estatuas.
    Así pasaban los días, todos iguales, sin ningún cambio. Bueno, sí había cambios en mi vida, dado que me llegaban noticias de que muchos de mis amigos estaban muriendo en causas muy extrañas, esto no hacía nada más que acrecentar aquel terrible miedo que sentía y bañar mi rostro de lágrimas una y otra vez. Siguieron llegando las mismas noticias y cada día las muertes eran más extrañas y seguidas.
    Como todas las noches, mi tía, se despidió de mí con un beso en la frente y se fue a  su habitación. Entonces, yo también decidí que estaba lo suficientemente cansada como para irme también a dormir. Esa noche no tuve ninguna pesadilla por extraño que me pareciese, pero en mitad de la noche un grito desgarrador y lleno de miedo rasgó mis oídos y resonó en todas las paredes de la gran casa. Salí corriendo desde mi habitación, todo lo deprisa que pude hacía la de mi tía, solo para asegurarme que estuviera bien. Cuando llegué a la puerta me paré en seco, agarré el picaporte y me llené de valor. Al entrar en la habitación y ver la escena me derrumbé. Toda la cama estaba ensangrentada y el cuerpo de mi tía ahora yacía sin vida en ella. Comencé a llorar y caí al suelo de rodillas, el dolor se clavaba en mi alma como miles de puñales. Todo era desolación. Y el mundo se me vino encima.
    Al día siguiente, yo estaba sola en aquella casa. Sola. Asolada por el dolor. Al igual que la tempestad que descargaba sobre Barcelona. Pasé todo el día encerrada en mi habitación observando la lluvia caer a través de mi ventana. Cuando mis párpados se cerraban y no aguantaba más decidí acostarme. No pude conciliar el sueño, así que tras unas cuantas horas decidí levantarme.
     De repente una serie de gritos estallaron en mi cabeza, eran miles de agujas clavándose en mi cerebro, mis tímpanos estaban a punto de estallar. Cada vez estaban más cerca, hasta que la gran cristalera de la ventana se rompió en miles de pedazos y el frío y la lluvia entraban a través de ella me levanté aterrada y la oscuridad se apoderó de mí, los gritos cesaron y se hizo el silencio. Entonces, vi como aquella temida mano emergía en la oscuridad y quedé paralizada por el miedo y aquella mano que había visto en todos mis sueños consiguió su propósito: arrastrarme con ella.
   Cuando vi mi cuerpo tirado, sobre el frío mármol de aquella habitación verdaderamente me di cuenta de que mi existencia había llegado a su fin.
   

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