Me desperté, miré el reloj. Eran las 9.
Por fin había conseguido dormir algo más de 4 horas. Desde que llegue a esta ciudad no había podido descansar, normalmente podría llegar a dormir 2 horas. Los ruidos de la noche no me dejaban descansar, me despertaba sobresaltada por sirena, gritos y demás.
No estaba acostumbrada a la vida en Nueva York.
Me había mudado aquí solo por mis estudios. ¿Qué iba a hacer una chica de 17 años, sola en una ciudad como Nueva York si no? Me habían recomendado para ir a una prestigiosa escuela de artes de Nueva York “New york university of fine arts” que se encontraba en la calle 78 muy cerca de Central Park y al lado de la quinta avenida. En realidad muy cerca de mi nuevo piso.
Llevaba aquí una semana y se me estaba haciendo eterna.
Boogie saltó a mi cama. Era un Golden Retriever –bastante listo la verdad, para ser un perro, seguramente más listo que algunas personas - que tenía como mascota desde los 14 años. Boogie había sido el regalo por mi décimo cuarto cumpleaños. Durante todo este tiempo ha sido mi mejor amigo y ahora que me había mudado el único.
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