Ella conoció el amor de la mano de él. Ella, lo amó. Un amor entrañable, verdadero, lleno de vida. Un amor de verdad.
Desde niños habían estado siempre juntos y todo había sido perfecto.
Ellos decidieron llevar una vida en común, compraron una casa en las afueras, se casaron y tuvieron una maravillosa niña que les trajo alegría. Consiguieron un trabajo en aquella gran ciudad.
Cinco maravillosos años. Años llenos de sonrisas, felicidad y de palabras como te quiero. Pero de hecho, en algún momento, toda pareja tiene discusiones y estas discusiones lo cambiaron todo, cambiaron la vida feliz que llevaban. El firme lazo que les unía se tornó frágil, tan frágil que llegó a quebrarse. Todo se volvió monótono y triste, y las maravillosas sonrisas de las que antes había estado plagada su vida se desvanecieron y se convirtieron en efímeras protagonistas de sus recuerdos de un tiempo mejor.
Ya hacía mucho tiempo que ellos no sentían lo mismo.
En la vida de ella todo se volvía triste y desesperanzado, cada noche lloraba, se encontraba sola, esperaba con incertidumbre el sonido de sus llaves, cuando él comenzaba a gritarle.
Ella pensaba que no debía culparle, que eran efectos del alcohol -ella seguía amándole-.
Pero esto siguió ocurriendo día tras día. Ella dejó de trabajar.
No solo hubo gritos, sino que pasó a más, golpe tras golpe iba debilitando la confianza que ella tenía en sí misma.
Dejó de salir a la calle, ya no veía a su familia ni a sus amigos. Su rostro estaba sellado por hematomas. Cuando tenía que salir -solo por obligación- se maquillaba lo suficiente como para que nadie le preguntara y si alguien lo descubría se excusaba diciendo: “Esto, no nada, solo me caí” Ella sabía que todo el mundo sospechaba.
Cada día su hija escuchaba todo, cada grito, cada golpe. Aunque la niña callaba, ella también sufría, sentía impotencia y tuvo que madurar muy deprisa. Se dio cuenta de la realidad a la que se enfrentaba su familia.
Un día ella veía la televisión. Cuando escuchó un mensaje: “Mamá hazlo por nosotros. Actúa” Se quedó pensando. Decidió que su vida iba a cambiar, se armó de valor, descolgó el teléfono y denunció su situación. Desde ese momento decidió que nada ni nadie le iba a pasar por encima, que nadie más le volvería a hacer daño, que ningún hombre sería más que ella, nadie le volvería a empujar, nadie le iba a gritar, nadie le volvería a decir: “Tú te callas, que no tienes ni idea”.
Decidió que ella y su hija se merecían una vida mejor y que nadie se lo iba a impedir.
Eligió ser feliz.
Volvió a creer en sí misma y su sonrisa volvió al lugar de protagonista.
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