miércoles, 12 de enero de 2011

Ella.

Ella conoció el amor de la mano de él. Ella, lo amó. Un amor entrañable, verdadero, lleno de vida. Un amor de verdad.
   Desde niños habían estado siempre juntos y todo había sido perfecto.
    Ellos decidieron llevar una vida en común, compraron una casa en las afueras, se casaron y tuvieron una maravillosa niña que les trajo alegría. Consiguieron un trabajo en aquella gran ciudad.
     Cinco maravillosos años. Años llenos de sonrisas, felicidad y de palabras como te quiero. Pero de hecho, en algún momento,  toda pareja tiene discusiones y  estas discusiones lo cambiaron todo, cambiaron la vida feliz que llevaban. El firme lazo que les unía se tornó frágil, tan frágil que llegó a quebrarse. Todo se volvió monótono y triste, y las maravillosas sonrisas de las que antes había estado plagada su vida se desvanecieron y se convirtieron en efímeras protagonistas de sus recuerdos de un tiempo mejor.
   Ya hacía mucho tiempo que ellos no sentían lo mismo.
    Él perdió su trabajo.  Ya no pasaba tanto tiempo con ella y su hija. Ella trabajaba a todas horas. Y él ahora se pasaba todas las noches en la calle, volvía de madrugada totalmente ebrio.
    En la vida de ella todo se volvía triste y desesperanzado, cada noche lloraba, se encontraba sola, esperaba con incertidumbre el sonido de sus llaves, cuando él comenzaba a gritarle.
    Ella pensaba que no debía culparle, que eran efectos del alcohol -ella seguía amándole-.
   Pero esto siguió ocurriendo día tras día. Ella dejó de trabajar.
   No solo hubo gritos, sino que pasó a más, golpe tras golpe iba debilitando la confianza que ella tenía en sí misma.
    Dejó de salir a la calle, ya no veía a su familia ni a sus amigos. Su rostro estaba sellado por hematomas. Cuando tenía que salir -solo por obligación- se maquillaba lo suficiente como para que nadie le preguntara y si alguien lo descubría se excusaba diciendo: “Esto, no nada, solo me caí” Ella sabía que todo el mundo sospechaba.
   Cada día su hija escuchaba todo, cada grito, cada golpe. Aunque la niña callaba, ella también sufría, sentía impotencia  y tuvo que madurar muy deprisa. Se dio cuenta de la realidad a la que se enfrentaba su familia.
  Un día ella veía la televisión. Cuando escuchó un mensaje: “Mamá hazlo por nosotros. Actúa” Se quedó pensando. Decidió que su vida iba a cambiar, se armó de valor, descolgó el teléfono y denunció su situación. Desde ese momento decidió que nada ni nadie le iba a pasar por encima, que nadie más le volvería a hacer daño, que ningún hombre sería más que ella, nadie le volvería a empujar, nadie le iba a gritar, nadie le volvería a decir: “Tú te callas, que no tienes ni idea”.
   Decidió que ella y su hija se merecían una vida mejor y que nadie se lo iba a impedir.                                   
Eligió ser feliz.
   Volvió a creer en sí misma y su sonrisa volvió al lugar de protagonista.



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