lunes, 3 de enero de 2011

Tres semanas en Santorini

Cogí el billete de avión de la consola, miré la hora ¡Iba a llegar tarde, si no me daba prisa! El avión salía a las 12:00 y eran las 11:15.
 ¡Maldito despertador! Salí corriendo, cogí la maleta y me apresuré a salir por la puerta. Bajé las escaleras y paré el primer taxi que vi.
Cuando llegué al aeropuerto eran las 11:45, llegaba bien. Embarqué. Me senté y suspiré hondo había llegado. Llegaría a Santorini aproximadamente en 4 horas. Mientras que miraba por encima de las nubes me puse a pensar, la verdad,  merecía la pena, no había ido a visitar a mi familia en mucho tiempo tanto como cuando salí de Santorini. Los echaba tanto de menos.
El avión aterrizó. Recogí la maleta y salí del aeropuerto. Allí estaba mi familia.
-¡Elena, querida! Cuanto te echaba de menos.
-¡Mamá! Yo también a ti.
-Gracias por venir, hija.
-De nada, papá.
Nos subimos al coche y al llegar a casa todo eran saludos. Estaba toda mi familia. Mis tíos, primos todos. Estaba tan contenta. Mi madre había organizado una gran cena por mi llegada para todos.
Salí a la calle y observe el paisaje, los tonos blancos y azules se difuminaban ahora con los rosados y amarillos del atardecer. Hay gente que dice que los atardeceres más bonitos son aquí. Llevan razón, he viajado mucho y nunca he llegado a ver atardeceres como este.
A mí me recordaban a mi infancia y me hacían sonreír. Pero, también me recordaban a un amor pasado. Un amor que tuve que olvidar cuando me marché de aquí. Alexander Avramidis. Ese chico moreno de ojos verdes y piel bronceada del que había estado tan enamorada al igual que él de mí. Ese chico desenfadado, cariñoso, curioso, divertido así era él,  con el que tantas risas y momentos había compartido.
Alexander Avramidis había sido mi vecino cuando vivía en Santorini. Desde pequeños habíamos estado a todas horas juntos, en la escuela, en la playa, con nuestras madres…
Y entonces llegó ese fantástico verano en el que teníamos 16 años. Estábamos más unidos que nunca, no nos separábamos ni un segundo y cada vez que lo hacíamos lo echaba más y más de menos. Hubo una noche que siempre será especial en mi vida, estábamos en la playa y de repente encontré su cara muy cerca, notaba su respiración cada vez más cerca. Entonces él dijo:
-Elena, si quieres que pare solo tienes que decirlo. Dímelo y pararé.
Se acercó.
 No podría resumir todo lo que sentí en ese instante nunca había sentido algo igual ¡El primer beso! ¡Mi primer beso! Y encima era él siempre había sido él. Lo supe desde ese preciso instante. Siempre sería él. Nada podría cambiarlo y nada lo ha cambiado.


De repente, una voz detuvo mis pensamientos.
-Hija, ven conmigo quiero que veas a alguien.
-Claro mamá ya voy.
Pase al salón. Eran los padres de Alexander pero él no iba con ellos.
-         ¡Elena Aandreadis! Cuantos años han pasado desde que no te veo. ¡Qué guapa estás! – era su madre, se parecía tanto a él- Cuando te vea Alexander se va a desmayar.
Al pronunciar su nombre un cosquilleo me recorrió la columna. ¿Cómo? ¿Qué? Iba a venir. No me podía estar pasando esto. Era un sueño. ¡Vamos Elena despierta, ya! ¡Oh dios, no era un sueño! De pronto llamaron al timbre.
-Querida, abre tú la puerta.
Fui a abrir. El corazón me latía deprisa. Cogí el manillar, respire hondo y ¡Ahí estaba él!
-         ¿Elena? Eres tú. ¡Cuánto tiempo ha pasado! Sigues igual de guapa que siempre, tal y como te recordaba.
Me quedé callada. No tenía palabras. A los dos segundos volví en mí. Alexander seguía mirándome.
-         Sí, soy yo. Si la verdad hace mucho tiempo. Tú también sigues igual. Bueno, pasa. Yo voy a la cocina a por unas cosas luego te veo.
En realidad no iba a la cocina, no pensaba volver al salón. Subí a mi habitación y me quedé dormida en la cama.
Me despertó algo. Oí como unas piedrecitas sonaban en mi ventana. Me asomé. Era él, estaba allí abajo.
-Elena, tengo que decirte algo. Si no lo digo ahora tal vez luego no me atreva. Está noche, cuando te he visto he recordado todo el tiempo que habíamos pasado juntos, en realidad nunca lo había olvidado. Nunca he dicho a nadie te quiero con tanto sentido  como te lo he dicho a ti. Siempre te he querido. Y cuando te fuiste mi corazón quedó hecho trizas. Por favor, te pido una oportunidad. Déjame demostrártelo. Solo otra vez te lo prometo. Solo una más.
-Alexander sabes lo que pasó. Tú al enterarte de que me iba me dejaste, no puedo volver a caer en lo mismo, no podría soportarlo. ¿Cómo sabré que esta vez es distinto? Dime. ¿Cómo sabré que hablas en serio? Me voy en tres semanas. Y luego después ¿Qué va a pasar?
- Elena, por favor, deja atrás el pasado olvídalo, era un niño no sabía lo que hacía. Y además, Te quiero.
Se hizo un silencio solo interrumpido por el viento que mecía las hojas de los árboles a su antojo.
-         Yo no he dicho en ningún momento que haya olvidado lo que sentía por ti así que, prométeme que será solo una cita, sin ataduras de ningún tipo.
-         Sí claro, solo una cita.
-         ¿Mañana?
-         Pasa por mi casa a las 9.
-         Claro. Elena, gracias.
Cerré la ventana y me metí en la cama con la esperanza de dormir, aunque sabía que de todas maneras no iba a poder conciliar el sueño.
Llegó la mañana. Estaba impaciente. Bajé las escaleras hasta la cocina. Mi familia estaba desayunando en el patio cogí un plato, me serví el desayuno y salí.
Pasé todo el día con  mi familia entreteniéndome con cualquier cosa. Las 8 empecé a vestirme, me puse un vestido blanco de algodón. Eran las 9.
Sonó el timbre y bajé a toda prisa.
-         Hola Elena. Estás guapísima me has dejado sin palabras.
-         Claro Alexander, sé que lo dices por cumplir.
-         ¡No! ¡Claro qué no! Lo digo en serio.- Y sonrió- ¿Nos vamos?
-         Sí.
Bajamos a la playa, el tomó mi mano y caminamos los dos juntos por la blanca arena. Hablamos, reímos y recordamos viejos tiempos. Mi corazón estaba atestado de júbilo. Entonces se escuchó una delicada melodía que llegaba desde el café que estaba a la orilla de la playa. Era nuestra canción “My love my live”.
 Nos levantamos, agarró mi cintura y nos pusimos a bailar. Apoyé mi cabeza sobre su pecho. Lo había echado tanto de menos.  Estuvimos dando vueltas entre sonrisas mucho tiempo más del que duraba la canción, olvidando todo lo que había a nuestro alrededor. Besó mi pelo, sentí sus labios cálidos sobre este. Entonces, levante la cabeza nos quedamos mirándonos a los ojos algunos segundos. Y entonces me besó. Y volví a sentir amor. Amor de verdad. Somos seres racionales, pero en ese momento me volví totalmente irracional, no pensé en nada solo en que él estaba a mi lado y me dejé llevar por los sentimientos. Y él pronunció esa frase que en tanto tiempo no había vuelto a oír:
-Te quiero.





No hay comentarios:

Publicar un comentario