miércoles, 16 de marzo de 2011

Abou.

    Abou sentado en la arena mira los tanques pasar. Se pregunta cómo el ser humano puede crear esos gigantes de hierro y hojalata tan terroríficos y vacíos de vida.
    Abou recuerda, en su pecho siente la rabia y la tristeza de un tiempo pasado. Recuerda cada bala, cada grito, cada cara, caras desconocidas que ahora reaparecen una y otra vez en sus peores pesadillas y después el silencio y la desesperación.
     Abou tenía solo 7 años cuando todo empezó. Él había oído hablar a sus padres sobre algo malo que se cernía sobre el poblado. Era la guerra.
    -Papá, papá, esa guerra de la que hablas, ¿llegará al poblado?- dijo Abou con voz frágil-.
    -Pequeño Abou- dijo su padre con solemne sabiduría- tú solo debes preocuparte por el presente y en convertirte en un hombre y si algo ocurre en el futuro ya llegará y yo estaré aquí para protegerte.
    Abou escuchaba a su padre concienzudamente, escuchaba sus consejos, pero no le convencían del todo. Aunque Abou solo tenía 7 años se daba cuenta de la situación, algo malo iba a pasar, algo de lo que no podría escapar ni el poblado, ni su familia, ni él.
   Todo el mundo hablaba sobre esto, escondiendo la situación a los niños. Pero Abou reflexionaba sobre el tema una y otra vez.
No era un niño corriente, le gustaba estar con los sabios ancianos escuchando atento lo que decían.
  Un día Abou caminaba con su amigo Acha por las montañas cerca del poblado.
-Abou, Abou mira- Acha señalaba una especial de gigantes de metal- ¿Qué son esas cosas? Tenemos que avisar a toda la gente de  la aldea.
Abou y Acha corrieron todo lo deprisa que sus piernas le permitían. Cuando llegaron a la entrada de la aldea encontraron al padre de Abou.
-¡Papá, gigantes de metal vienen a por nosotros tenemos que avisar a toda la aldea, tienen que saberlo!
  Abou estaba realmente asustado, nunca en su corta vida había visto algo parecido y el rostro de su padre no le inspiraba un buen presentimiento
-          Abou, Acha correr todo lo que podáis avisar a todos los que encontréis a vuestro paso y decirles que por favor no salgan de sus casas, yo tengo que ir a hablar con el consejo de ancianos.
-          Pero papá ¿Qué ocurre?- dijo Abou mientras su voz temblaba como si alguien intentara callarlo-.
-           ¿Recuerdas que dije que te protegería verdad? No tiene por qué preocuparte pero ahora corre y no mires atrás pase lo que pase.
El padre de Abou se dirigió a la casa del consejo.
-          ¡Vamos Abou, ya has oído lo que ha dicho tu padre! – le gritó Acha- Creo que esto es serio Abou.
Abou y Acha corrieron por las callejuelas del poblado gritando a toda la gente que encontraban lo que ellos  habían visto.
-Abou, tengo miedo, esos gigantes de hierro no son nada bueno. ¿Tú qué crees que son?
-Acha, si te digo la vedad yo tampoco sé lo que son y también estoy asustado pero tendremos que confiar en que no nos pasará nada.
    Abou y Acha se abrazan y sin volver a mirar atrás se meten en sus cabañas.
   Sonidos desconocidos para Abou retumban en su cabeza y sus oídos, cañonazos y balas se oyen a lo lejos seguidos por gritos. Su padre no ha vuelto todavía y temía por él. Su familia y él estaban acurrucados en una esquina de la pequeña cabaña, sus hermanos y su madre lloraban desconsolados y en los ojos de su madre Abou notaba tristeza y miedo, nunca había visto así a su madre.
    Después un fuerte golpe en la puerta de la cabaña puso a toda la familia alerta, la puerta se abrió de un golpe y la luz dejó ver la silueta de un hombre, un hombre al que Abou nunca olvidaría.
  -¡Vamos salid de ahí! ¡Fuera bastardos!- dijo el hombre disparando al aire y después apuntando a toda la familia- ¡Salid y arrodillaros!
 Temblando y con pasos frágiles toda la familia salió de la cabaña y se arrodilló.
-¿Sabéis lo que os va a pasar, verdad?- dijo con imponente voz-.
  -¡No, por favor, no, los niños no por favor! –la madre de Abou se arrodilló delante del hombre- ¡Todo lo que queráis pero los niños no!
   Los gritos de su madre nunca los podría olvidar y después ese disparo y el silencio.
-¡Mamá!-gritó él-.
Ahora ella yacía en el selo y un charco de sangre se formaba alrededor.
-¿Qué enanos queréis correr la misma suerte que vuestra madre? Haremos una cosa os dejaré escapar, pero no diréis nada a nadie. ¡Levantaos! – gritó el hombre, con la pistola en la mano-¡Corred, vamos, corred!
  Sus hermanos y él corrieron  todo lo que pudieron pero se oyeron unos disparos y después Aka e Iba cayeron al suelo. Abou y Fatou su hermana seguían corriendo hasta que se ocultaron en los árboles.
   En ese momento Abou creció 20 años de golpe y supo que nada volvería a ser igual.

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